NOCHE 3 — La noche en que el miedo se derrite
Y sin embargo, están ahí. Como una capa de escarcha sobre lo que sí queremos hacer. Como un frío que nos paraliza sin que lo notemos.
Pero hay noches en las que ese miedo empieza a derretirse. No porque lo hayamos vencido, sino porque lo hemos mirado de frente. Porque hemos dejado que se asome, que se explique, que se ablande.
Esta noche es para eso. Para dejar que el miedo se derrita sin lucha. Para observar cómo, poco a poco, se convierte en agua.
Microrelato — El charco que guardaba un reflejo
La plaza estaba vacía. El hielo que cubría las baldosas había empezado a ceder. No por el sol, que aún no había salido, sino por una luz más suave, más íntima: la de una farola que seguía encendida aunque ya no hiciera falta.
Ella caminaba despacio, con las manos en los bolsillos. No buscaba nada. Solo quería entender por qué ese miedo que la había acompañado durante semanas parecía menos pesado esa noche.
Se detuvo frente a un charco. El agua temblaba, como si aún recordara el hielo que fue. Y en su reflejo, vio algo que no esperaba: no su cara, no su abrigo, no su sombra. Vio una versión de sí misma que no tenía miedo. No porque fuera valiente, sino porque ya no necesitaba esconderse.
El miedo no siempre se vence. A veces solo se derrite. Se transforma en algo más blando, más manejable, más humano. Y cuando eso ocurre, no hace falta correr. Solo hace falta mirar el charco, reconocer el reflejo y seguir caminando.
Porque cada paso que das con el miedo en el bolsillo es un paso más valiente que todos los que diste sin él.
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