La Befana: la vieja magia que llega con la Epifanía


Hay personajes que no necesitan brillos ni coronas para dejar huella. La Befana es uno de ellos. Mientras el mundo recoge los adornos y las luces empiezan a apagarse, en Italia aún queda un último destello de magia: el vuelo nocturno de una anciana de rostro arrugado, escoba en mano, que recorre los hogares la noche del 5 al 6 de enero. No trae miedo ni castigos severos, sino una mezcla de ternura, tradición y un toque de travesura que solo los viejos mitos saben conservar.


Un origen entre cenizas, estrellas y antiguas diosas

La historia de la Befana se pierde entre leyendas. Algunos dicen que era una mujer que, al no unirse a los Reyes Magos en su viaje hacia el Niño Jesús, decidió buscarlos por su cuenta, repartiendo regalos a cada niño que encontraba por si acaso era él. Otros la vinculan a antiguas figuras femeninas precristianas, guardianas del hogar y del ciclo agrícola, que visitaban las casas para bendecirlas con abundancia.

Sea cual sea su origen, la Befana es un puente entre lo pagano y lo cristiano, entre la nostalgia del invierno y la promesa de un nuevo comienzo.

La anciana que limpia el año viejo

Su escoba no es solo un medio de transporte: simboliza la limpieza del pasado. La Befana barre las malas energías, los errores y los miedos acumulados durante el año. Por eso llega justo en la Epifanía, cuando el calendario ya ha cambiado pero el corazón aún necesita un pequeño empujón para renovarse.

En su saco lleva caramelos para los niños buenos y carbón dulce para los traviesos. Pero incluso ese carbón es un gesto amable: un recordatorio de que todos podemos mejorar, sin juicios ni castigos.

La leyenda de la Befana y los Reyes Magos

Es el cuento más difundido. Narra cómo los Reyes Magos, de camino a Belén, pidieron ayuda a una anciana para orientarse. Ella los atendió, les ofreció comida y hospitalidad, y ellos la invitaron a unirse al viaje. La anciana se negó al principio, pero luego se arrepintió y salió a buscarlos con una bolsa llena de dulces. Desde entonces, recorre las casas dejando regalos a los niños, por si alguno fuera el Niño Jesús.

La noche en que la Befana barre las estrellas

Dicen que, cuando el invierno respira más hondo y las calles duermen bajo un silencio azul, una figura diminuta cruza el cielo con una escoba vieja y un saco que parece más grande que ella. No hace ruido. No deja huellas. Solo un leve temblor en el aire, como si alguien hubiera acariciado la noche.

Esa es la Befana.

Nadie sabe de dónde viene exactamente. Algunos aseguran que nació del humo de una chimenea antigua; otros, que fue una estrella cansada que decidió hacerse humana para caminar entre los hogares. Pero todos coinciden en algo: su llegada marca el último latido de la magia invernal.

En la noche de la Epifanía, la Befana avanza despacio, como si escuchara algo que los demás no oímos. Tal vez el murmullo de los deseos que no se dijeron en voz alta. Tal vez el crujido del año viejo, que se resiste a marcharse. Tal vez el suspiro de quienes esperan un pequeño milagro, aunque no lo admitan.

Con cada casa que visita, la anciana deja un regalo sencillo: un puñado de dulces, un trozo de carbón dulce, una nota diminuta escrita con letra temblorosa. Pero su verdadero obsequio no está en el saco. Está en el gesto invisible que realiza antes de marcharse: barre el umbral, como si espantara sombras que nadie ve, como si limpiara el polvo de los días difíciles.

Dicen que, cuando la Befana barre, el aire cambia.
Dicen que el invierno se vuelve un poco más amable.
Dicen que el corazón, sin saber por qué, se siente más ligero.

Y cuando por fin se aleja, la noche queda distinta. No más brillante, no más ruidosa, sino más profunda. Como si la anciana hubiera dejado una promesa suspendida en el cielo: “Aún puedes empezar de nuevo”.

Al amanecer, los niños encuentran sus calcetines llenos y los adultos sienten algo que no saben explicar. Una mezcla de nostalgia y esperanza. Un eco suave de escoba sobre estrellas.

Porque la Befana no trae grandes milagros. Trae algo más pequeño y más necesario: la certeza de que incluso en el invierno más largo, siempre queda un último gesto de luz.

La Befana no compite con Papá Noel ni con los Reyes Magos. Ella llega cuando el bullicio ya ha pasado, cuando las calles vuelven a la calma y el invierno se hace más profundo. Su visita es un susurro: “Aún queda un poco de magia, no la olvides”.

Y tú, ¿qué pequeña chispa de luz te gustaría que la Befana dejara en tu hogar para empezar el año con el corazón un poco más ligero?

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