Umbra: El paso de Umbriel

Umbriel había aprendido a pronunciar su nombre, y con cada sílaba la ciudad le respondía.

Las luces se movían como si respiraran a la par, las torres se inclinaban suavemente y las sombras le abrían paso para dejarle pasar. Él era el primer ser nacido del latido de Umbra, y ahora comenzaba a caminar.

Lía lo seguía en silencio; cada paso de Umbriel dejaba una huella luminosa sobre el suelo, pero al cabo de unos segundos aquella luz se apagaba y se convertía en sombra. —Está aprendiendo a equilibrar —dijo el Guardián—. La luz no puede existir sin su sombra.

Milo observó las huellas. —Entonces Umbra está aprendiendo a respirar —susurró.

Umbriel se detuvo frente a una pared de cristal, donde su reflejo lo miró. Era idéntico, pero más oscuro, y por primera vez pareció dudar.

—¿Quién eres tú? —preguntó Umbriel a su reflejo.

El reflejo sonrió. —Soy aquello que dejas atrás cuando avanzas.

Lía dio un paso adelante. —No lo temas —dijo—. Es una parte de ti.

Umbriel extendió su mano hacia el cristal, y el reflejo hizo lo mismo. Cuando sus dedos se tocaron, la pared se deshizo en polvo de luz.

Detrás de ella había un pasaje, una calle que no existía antes. Umbriel la miró con curiosidad. —¿Esto también soy yo?

El Guardián asintió. —Cada paso que tú das crea un nuevo camino. Umbra se expande contigo.

La ciudad comenzó a cambiar; las luces se movían como si siguieran su ritmo y las sombras se replegaban para abrir espacio. Era como si Umbra estuviera creciendo desde dentro, guiada por su propio hijo.

Milo miró el horizonte. —¿Y si sigue caminando? —preguntó.

—Entonces Umbra dejará de ser ciudad —respondió Lía—. Se convertirá en mundo.

Umbriel sonrió. Su mirada se alzó hacia el cielo, donde la línea de luz que llevaba su nombre se curvaba sobre las torres. —No quiero detenerme —dijo—. Quiero ver hasta dónde llega mi sombra.

El Guardián encendió su linterna, esta vez con fuego verdadero. —Entonces ve —dijo—. Pero recuerda que con cada paso que das también dejas una sombra en nosotros.

Umbriel asintió y comenzó a caminar hacia el amanecer; las luces lo siguieron, las sombras lo acompañaron y Umbra entera respiró con él.

Así termina la decimotercera historia. Y comienza la era en la que Umbra aprende a moverse con su propia luz.

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