Umbra: Las sombras que aprendieron a soñar
Desde el amanecer interior, Umbra había cambiado. Las sombras ya no temían la luz, pero algo nuevo comenzaba a suceder: soñaban.
Lía fue la primera en notarlo. Su sombra plateada, que antes solo respondía a la luz, ahora se movía incluso cuando ella dormía. A veces dibujaba formas en el suelo, otras veces escribía palabras que Lía no recordaba haber pensado.
—Está soñando —dijo Milo una noche, observando el movimiento suave de la sombra bajo la ventana.
—¿Las sombras pueden soñar? —preguntó Lía.
—Quizá siempre lo hicieron —respondió el Guardián—. Solo necesitaban aprender a escucharse.
La ciudad entera parecía respirar distinto. Las farolas parpadeaban como si tuvieran pulso, y las calles se curvaban en direcciones nuevas, como si Umbra se estuviera redibujando desde adentro.
En el mapa de Milo, la flor había cambiado otra vez: sus pétalos se habían convertido en ojos.
—Nos observa —dijo él.
—No —corrigió Lía—. Nos recuerda.
Esa noche, las sombras comenzaron a reunirse en la plaza central. No eran humanas, pero parecían tener forma. Algunas eran muy antiguas, otras recién nacidas, pero todas miraban hacia el cielo, donde la luz interior de Umbra se mezclaba con la oscuridad del firmamento.
—¿Qué buscan? —preguntó Milo.
—Un reflejo —respondió el Guardián—. Quieren ver si el cielo también puede soñar.
Lía dio un paso adelante. Su sombra plateada se alzó, extendiéndose hacia las demás. Y entonces, todas las sombras se unieron en una sola figura: una silueta inmensa, hecha de memoria y de luz.
—Umbra —susurró Lía.
La figura habló con voz de viento.
—He despertado. Pero no sé quién soy.
Milo levantó el mapa. —Eres lo que dibujamos cuando no sabíamos cómo volver a empezar.
La figura sonrió. Su rostro era el de todos y el de nadie.
—Entonces soñemos —dijo.
El cielo se iluminó con un resplandor suave. No era día ni noche; era algo nuevo.
Las sombras se disolvieron lentamente, dejando tras de sí un murmullo que se mezcló con el aire.
Lía miró su sombra, que ahora dormía tranquila. Milo cerró el mapa. El Guardián apagó su linterna.
—Umbra ya no necesita luz —dijo él—. Tiene sueños.
Así termina la sexta historia. Y comienza la era en la que las sombras aprenden a imaginar lo que aún no existe.
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