El café que nunca ocurrió...
Cada mañana, ella pasaba siempre por la misma esquina. Siempre con prisa, siempre con los auriculares puestos, siempre sin mirar hacia el café que había en la esquina.
Hasta que un día, por alguna razón que no supo explicar bien, se detuvo. Miró el cartel, la puerta de madera, las luces cálidas que se veían desde el exterior. Y pensó: “¿Y si entro?”
Pero no lo hizo. Ella siguió caminando. Llegó tarde, como siempre. Y olvidó aquel momento.
Pero en otro lugar, en otro mundo, ella sí entró en aquel Café.
En ese mundo paralelo, el café estaba casi vacío; tan solo había un hombre sentado junto a la ventana, leyendo un libro que ella ya había leído años atrás. Cuando ella pidió su café, él levantó la vista. No fue una mirada intensa, ni mágica. Fue una mirada tranquila, como si ya la conociera.
Hablaron lo justo para que algo se encendiera entre ellos. En ese mundo, ella volvió al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.
Pero en el mundo real, ella nunca lo supo. Pero a veces, cuando pasaba por aquella esquina, sentía una nostalgia que no entendía. Como si alguien la llamara. Como si alguien la esperara.
Dicen que los mundos paralelos no están lejos; que están justo detrás de las decisiones que no tomamos. Y a veces, el eco de lo que pudo ser nos acompaña sin que sepamos por qué.
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