El cruce que nadie vio
Pero una tarde, mientras el sol se escondía detrás de los edificios, ella vio algo distinto: era una calle que nunca antes había estado allí.
No era una ilusión, tampoco un recuerdo o un espejismo. Lo que ella veía era una calle estrecha, empedrada, con faroles antiguos, y el aire que emanaba no pertenecía a su ciudad. Era como si hubiera sido arrancada de otro tiempo.
Sintió un impulso. No de curiosidad, sino de reconocimiento, como si ya hubiera caminado por allí… en algún otro lugar.
Entró y el aire cambió; el ruido de los coches desapareció, el cielo parecía más profundo y más azul.
Y entonces, al fondo de la calle, vio a alguien.
Un hombre, de pie, quieto, mirándola como quien espera desde hace años a que algo ocurra.
Ella se detuvo. Él dio un paso hacia adelante.
—Llegaste tarde —dijo él, con una voz que le resultó familiar sin saber por qué.
—No sabía que tenía que venir —respondió ella.
Él sonrió, una sonrisa que llevaba tiempo guardada.
—En este mundo sí lo sabías.
Ella sintió un temblor en el pecho; no era miedo, era algo más parecido a la memoria.
Él se acercó despacio, como si temiera romper el momento.
—Nos vimos una vez —dijo él—. En otro mundo.
—¿Y qué pasó? —preguntó ella.
—No llegaste a tiempo —le respondió.
Ella bajó la mirada. No por culpa, sino por la extraña tristeza de lo que nunca ocurrió.
—¿Y ahora? —preguntó ella.
—Ahora sí estás aquí —le respondió.
Caminaron juntos por aquella calle que no existía en su ciudad; hablaron como si se conocieran desde siempre. No de vidas pasadas ni de futuros posibles. Hablaron del presente, de ese instante que solo podía existir allí.
Cuando llegaron al final de la calle, él se detuvo.
—No puedo cruzar contigo —dijo él.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque este mundo no es el tuyo —le respondió.
Ella sintió un nudo en la garganta y cómo sus lágrimas querían desbordarse.
—Entonces… ¿Qué soy aquí? —quiso saber ella.
—Eres la versión que sí se atrevió a entrar —le respondió.
Él tomó su mano por solo un segundo. Pero ese segundo valió por todos los que no vivieron.
—Cuando regreses, recuerda siempre esto —susurró—: los caminos que no tomas siguen existiendo. Y a veces, si escuchas bien, te llaman por tu nombre.
Ella parpadeó. Aquella calle desapareció y volvió a estar en la avenida recta, iluminada por farolas idénticas que tan bien conocía.
Pero algo en ella había cambiado. No sabía si volvería a ver esa calle, ni tampoco si volvería a verlo a él. Pero mientras caminaba hacia su casa, sintió que el mundo era más grande de lo que había imaginado.
Y que, en algún lugar, en algún mundo, alguien seguía esperándola.
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