El faro que despierta solo para algunos
Solo entonces el faro decide si quiere despertar.
No responde a tormentas ni a barcos perdidos. Su luz se enciende únicamente cuando un alma está a punto de cruzar un umbral invisible, ese punto exacto donde la vida puede cambiar de rumbo sin que nadie más lo note.
Aquella noche, Clara caminaba por el acantilado con la sensación de que el mundo se había vuelto demasiado pequeño para ella. El viento soplaba con un murmullo extraño, como si pronunciara su nombre en un idioma que no existía.
Y de pronto, ocurrió: un destello azul, luego otro más intenso. Una luz que parecía hecha de luna líquida. El faro estaba despierto.
Pero no solo brillaba; flotaba. Se elevaba unos centímetros sobre la roca, como si la gravedad hubiera decidido darle un respiro. Aquella luz giraba despacio, dejando un rastro de partículas luminosas que caían al mar como polvo de estrellas.
Clara sintió que algo dentro de ella se abría, una puerta que nunca había sabido que existía. La luz del faro no iluminaba el océano, sino que iluminaba sus pensamientos. Cada giro revelaba un recuerdo, un deseo o un miedo. Era como si el faro estuviera leyendo su historia y reescribiéndola al mismo tiempo.
Entonces lo comprendió: aquel faro no señalaba un camino, sino que creaba uno nuevo. Y esa noche, lo estaba creando para ella.
Clara avanzó un paso lento hacia adelante. El aire vibró, la luz se intensificó y, durante un instante que no pertenecía al tiempo, vio un futuro distinto, uno que aún no existía pero que la estaba esperando.
Cuando parpadeó, el faro volvió a posarse sobre la roca. La luz se apagó y el mundo recuperó su forma habitual.
Pero Clara ya no era la misma. Nunca volvió a ver el faro encendido, porque una vez que te muestra tu propio destino, no repite el gesto.
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