El parque donde aún se esperan...

En el mundo real, ella no volvió a verlo. Tenían diecisiete años cuando se dijeron adiós. No fue por falta de amor, sino por esas circunstancias que a veces parecen pequeñas, pero que cambian todo: una mudanza, una llamada que no llegó o aquella carta que nunca se envió.

Pasaron los años; ella vivió otras historias, otras ciudades, otros silencios. A veces, al pasar por ciertos lugares, sentía que algo la miraba desde otro tiempo.

En aquel mundo paralelo, nunca hubo una despedida. Él la esperó en el parque, como habían acordado. Y ella llegó, con el mismo vestido azul, con los nervios en la garganta y la esperanza intacta.

Se sentaron en su banco de siempre. Hablaron como si no hubiera pasado el tiempo. No se preguntaron por qué estaban allí. Solo se miraron como quien reconoce su casa después de mucho andar.

En ese mundo, caminaron juntos por calles que no existen aquí. Construyeron una vida sencilla: libros compartidos, domingos de lluvia y café, discusiones suaves y reconciliaciones largas.

En el mundo real, ella nunca lo supo. Pero una tarde, mientras paseaba por un parque cualquiera, vio un banco vacío. Y sintió algo. No era tristeza, no era nostalgia; era algo parecido a la certeza.

Como si, en algún lugar, él aún la esperara. Como si, en algún mundo, ella sí hubiera llegado.

Dicen que los mundos paralelos no están lejos. Están en los recuerdos que no se borran, en los amores que no se cierran, en los encuentros que no ocurrieron… pero que siguen ocurriendo en otro lugar.

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