La mujer del espejo.
La casa estaba vacía; no estaba abandonada ni era triste. Estaba vacía como un cuaderno antes de escribir en él. Ella había llegado allí por accidente, aunque algo en su interior sabía que ese lugar la estaba esperando.
Las paredes olían a tiempo. Había polvo en los bordes, pero no era suciedad, sino memoria. Y en el centro de esa sala se hallaba un espejo antiguo, de marco dorado y madera agrietada, que la observaba como si supiera quién era.
Ella se acercó sin miedo, con valentía, porque ese miedo ya no le servía. Y había vivido con él demasiado tiempo.
Cuando se miró, no vio su reflejo, sino a otra mujer que era muy parecida a ella, pero distinta.
Tenía el mismo rostro, pero sus ojos eran más vivos, su cabello más suelto. Su postura era más libre.
—¿Quién eres? —preguntó ella.
—Soy tú —respondió la del espejo—. La que eligió distinto.
La mujer del espejo había tomado el tren que ella dejó pasar. Había dicho “sí” cuando ella dijo “no”. Había amado sin calcular, sin protegerse, sin esconderse.
—¿Fuiste feliz? —preguntó la real.
—Fui intensa —respondió la otra—. A veces feliz, a veces rota. Pero nunca infeliz.
Se miraron largo rato. No con juicio ni con envidia, sino con ternura.
La mujer real vio los paisajes que ella no conoció, dio los abrazos que no dio, las versiones de sí misma que se quedaron dormidas.
La del espejo vio la calma que nunca tuvo; la estabilidad que a veces deseó y la paz que se le escapaba entre los dedos.
No intentaron cambiar de lugar, ni hubo magia ni intercambio. Tan solo comprensión.
Y cuando la mujer real salió de la casa, el espejo ya no estaba. Pero algo en ella había cambiado.
Desde entonces, cada vez que se miraba en cualquier espejo, no buscaba sus defectos; buscaba las señales de que aún podía elegir algo distinto. De que aún podía llegar a ser muchas versiones de sí misma.
Dicen que los mundos paralelos no están lejos; están en los reflejos que nos devuelven lo que fuimos, lo que somos, lo que aún podemos ser.
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