Preludio: Cuando la noche respira distinto.

Hay noches que no empiezan cuando el sol se esconde, sino cuando algo en el aire cambia. Es una sensación que no se puede explicar, pero que se reconoce al instante.

Son noches en las que el mundo parece inclinarse apenas un grado, lo suficiente para que lo imposible encuentre una rendija por donde colarse. En esas horas silenciosas, las sombras se vuelven más profundas, la luna observa con un brillo antiguo y los límites entre lo real y lo mágico se vuelven delgados como un suspiro.

Dicen que, cuando la noche respira distinto, algunas personas pueden llegar a sentirlo. Son personas que llevan una luz escondida bajo la piel, personas que, sin saberlo, caminan entre dos mundos.

Esta es la primera historia de varias que habrá en esta parte. La de una mujer que nunca buscó la magia… pero a la que la magia sí encontró.

La mujer que caminaba con la noche:

Dicen que algunas personas nacen con un brillo que no pertenece del todo a este mundo. Lilith era una de ellas.

No lo sabía, o quizá sí, pero lo había olvidado con los años, como se olvidan los sueños al despertar. Solo quedaba una certeza: cada noche, cuando el cielo se oscurecía, algo dentro de ella se encendía.

Vivía en una pequeña casa al borde del bosque. De día era una mujer común: trabajaba, hablaba poco, sonreía cuando debía. Pero al caer la noche, sentía un llamado suave, como un hilo invisible que tiraba de su pecho.

Una madrugada, ya incapaz de resistirlo, salió de casa. La luna estaba llena, enorme, casi demasiado brillante. En el aire se sentía un olor extraño, como si la tierra hubiera abierto los ojos.

Caminó entre los árboles sin miedo. La oscuridad no la asustaba; la reconocía. Y entonces, cuando llegó al claro, los vio.

No eran humanos ni tampoco monstruos. Eran… presencias. Figuras hechas de una luz tenue, como si estuvieran formadas por el resplandor de las luciérnagas. Algunas tenían alas que parecían hechas de humo plateado, otras caminaban sin tocar el suelo.

Ella no retrocedió. Ellos tampoco.

Una de las figuras se acercó. Tenía unos ojos que parecían contener constelaciones enteras.

—Has tardado —susurró, con una voz que sonaba a viento entre hojas.
—No sabía que debía venir —respondió ella, sin entender por qué sus palabras salían tan seguras.

La figura inclinó la cabeza.

—Siempre lo supiste. Tan solo necesitabas recordar cómo hacerlo.

Y entonces ocurrió.

El aire vibró. El claro se iluminó con un resplandor suave. Y ella sintió cómo algo dentro de su pecho se abría, como una flor nocturna.

Y por fin recordó.

Recordó que de niña hablaba con sombras que nadie más veía, recordó que la luna la seguía cuando caminaba sola, recordó que una vez, al llorar, el viento cambió de dirección para consolarla.

Y entonces recordó quién era.

Los seres luminosos la rodearon, no para atraparla, sino para saludarla como si fuera una más de ellos. Como si hubiera vuelto a casa después de mucho tiempo.

—¿Qué soy? —preguntó ella, aunque ya intuía cuál sería la respuesta.

La figura sonrió y su sonrisa iluminó el bosque.

—Eres puente. Entre lo que existe y lo que aún no. Entre lo que se ve y lo que se oculta. Entre la noche y la magia.

Ella cerró los ojos y sintió el poder antiguo, suave, profundo, despertando en su interior.

Cuando los abrió, la noche parecía distinta. Más viva. Más suya.

Los seres se desvanecieron lentamente, como estrellas que regresan al cielo. Pero antes de desaparecer, la figura principal dijo:

—Volveremos cuando estés lista. Y tú también volverás a nosotros.

Ella regresó a casa al amanecer. La luz del sol no borró lo ocurrido. Ya nada podría hacerlo.

Porque desde esa noche, cada vez que miraba la luna, sentía que alguien la miraba de vuelta. Y sabía que no estaba sola. Que nunca lo había estado.

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