Umbra: Las voces del subsuelo
Lía lo notaba cada vez que caminaba por las calles. Su sombra plateada, antes suave y silenciosa, ahora vibraba con una inquietud que no sabía cómo interpretar. Milo, por su parte, había comenzado a dibujar líneas nuevas en sus mapas, líneas que él no recordaba haber trazado. Y el Guardián de la Luz… simplemente observaba, como si supiera que la claridad no era un final, sino un umbral.
Todo comenzó tres días después del amanecer.
Lía cruzaba la plaza central cuando su sombra plateada se detuvo. No se movió con ella. No la siguió. Se quedó quieta, tensándose como un animal que escucha.
—¿Qué ocurre? —preguntó Milo, acercándose con el mapa bajo el brazo.
Lía no respondió; había un sonido, un murmullo, un susurro que no venía del viento ni de las calles, sino que venía de debajo de ellas.
La sombra plateada tembló, extendiéndose hacia una grieta entre los adoquines. Y entonces Milo también lo escuchó: un lamento suave, como si cientos de voces hablaran al mismo tiempo desde un lugar profundo.
—¿Lo oyes? —susurró Lía.
—Sí… pero no entiendo qué dicen.
Una voz conocida respondió detrás de ellos:
—No deberíais entenderlo.
El Guardián de la Luz emergió de entre las sombras, su linterna brillando con un tono más débil que de costumbre.
—¿Qué son esas voces? —preguntó Lía.
—Sombras huérfanas —respondió él—. Las que perdieron a sus humanos durante el reinado del Sombra‑Rey. Aquellas que quedaron atrapadas bajo la ciudad cuando él tomó el control. Y ahora que Umbra ha cambiado… buscan un camino de regreso.
Milo frunció el ceño.
—¿Regreso a qué?
El Guardián bajó la mirada.
—A la vida que les fue arrebatada. A un cuerpo que ya no existe. A un hogar que ya no recuerdan.
La grieta se abrió un poco más. El susurro se convirtió en un grito ahogado. Y la sombra plateada de Lía respondió con un destello.
—Quieren salir —dijo Lía, sintiendo un tirón en el pecho—. Quieren… ser escuchadas.
El Guardián asintió.
—Y si no las escuchamos, Umbra volverá a hundirse en la oscuridad. No por un rey… sino por lo que dejamos atrás.
La tierra tembló bajo sus pies. Los adoquines se separaron, revelando un hueco oscuro que respiraba como un pulmón antiguo.
—¿Vamos a bajar ahí? —preguntó Milo, con la voz temblorosa.
—No tenemos elección —respondió Lía.
El Guardián levantó su linterna, que parpadeó como si dudara.
—El subsuelo de Umbra es un laberinto de sombras rotas. No todas querrán ser salvadas.
Lía dio un paso adelante. Su sombra plateada iluminó el borde del abismo.
—Entonces tendremos que aprender a escucharlas.
Descendieron.
El aire se volvió más frío, más denso. Las paredes parecían hechas de oscuridad líquida, como si el palacio del Sombra‑Rey hubiera extendido sus raíces bajo la ciudad. Voces susurraban desde todas partes: algunas lloraban, otras reían, otras repetían nombres que nadie recordaba.
—Esto es… demasiado —murmuró Milo.
—No tengas miedo —dijo Lía, aunque ella también temblaba.
Una sombra se deslizó frente a ellos. No tenía forma definida, pero parecía buscar algo. O a alguien.
—Está… perdida —susurró Lía.
La sombra se acercó a ella, atraída por el brillo plateado. Tocó su luz y retrocedió, como si recordara algo doloroso.
—No pueden soportar la luz —dijo el Guardián—. Pero tampoco pueden vivir sin ella.
Lía extendió la mano. Su sombra plateada se alargó, envolviendo a la sombra huérfana con suavidad. Esta dejó escapar un suspiro, como si por fin encontrara descanso, y se deshizo en un destello tenue.
—¿La has liberado? —preguntó Milo.
—La he escuchado —respondió Lía.
El Guardián la observó con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Eres más que una grieta de luz, Lía. Eres un puente.
Pero antes de que pudiera decir más, un rugido profundo sacudió el subsuelo. Las sombras se agitaron como un enjambre y la tierra vibró.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Milo.
El Guardián apretó la linterna.
—Algo que no debería haber despertado.
Lía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿El Sombra‑Rey?
—No —respondió el Guardián—. Algo más antiguo. Algo que él mismo temía.
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