Umbra: El día que no amaneció
Umbra se encontraba suspendida en una extraña penumbra, una luz gris que no era noche ni día. Las sombras caminaban sin dueño y las lámparas ardían sin llama. Lía lo notaba en su sombra plateada; ya no brillaba, solo respiraba.
—Algo detuvo al amanecer —dijo el Guardián, mirando el horizonte—. La luz no puede cruzar la frontera.
—¿Qué frontera? —preguntó Milo.
—La que separa lo que somos de lo que tememos ser —respondió él.
El mapa de Milo, ahora completo, mostraba una flor en el centro. Pero esa flor había comenzado a marchitarse. Sus líneas se desvanecían, como si la ciudad misma estuviera olvidando su forma.
—La espiral se está cerrando —susurró Lía.
—No —corrigió Milo—. Se está replegando hacia dentro. Como si Umbra quisiera esconderse de nuevo.
El Guardián levantó su linterna, pero la llama no respondió; tan solo la sombra de Lía emitió un leve resplandor.
—La luz no sirve aquí —dijo ella—. Solo la memoria.
Caminaron hacia el límite de la ciudad, donde el cielo se curvaba sobre sí mismo. Allí, la niebla parecía tener textura, como si fuera una pared viva. Y en su superficie se dibujaban rostros: los de quienes habían olvidado mirar el amanecer.
—¿Qué es esto? —preguntó Milo.
—El eco de los días que no fueron —respondió el Guardián—. Cada amanecer que Umbra perdió se quedó atrapado aquí.
Lía se acercó. Su sombra plateada tocó la niebla y los rostros comenzaron a moverse. Uno de ellos habló.
—Nos quedamos esperando la luz —dijo una voz—. Pero nadie vino.
—¿Por qué? —preguntó Lía.
—Porque la luz también tiene miedo —respondió la voz—. Miedo de lo que ve cuando ilumina demasiado.
La niebla se agitó, el mapa de Milo comenzó a brillar y la flor se abrió de nuevo, pero esta vez sus pétalos eran sombras.
—Está viva —dijo Milo.
—Está recordando —corrigió Lía.
El Guardián cerró los ojos.
—Entonces debemos hacer lo mismo.
Lía extendió su sombra. Milo colocó el mapa sobre el suelo. El Guardián encendió su linterna, aunque no había llama. Y juntos, pronunciaron el nombre de la ciudad.
Umbra.
La niebla se rasgó. El cielo se encendió, pero no fue un amanecer como los demás.
La luz no provenía de arriba, sino que vino de abajo, del corazón de la ciudad, del lugar donde las sombras habían aprendido a escuchar.
Umbra amaneció desde dentro.
Las sombras se detuvieron. Las lámparas se apagaron. Y por primera vez, la luz y la oscuridad respiraron al mismo ritmo.
Lía miró su sombra plateada, Milo guardó el mapa y el Guardián sonrió.
—El amanecer no llega —dijo él—. Se despierta.
Así termina la quinta historia. Y comienza la era en la que Umbra aprende a vivir sin miedo a su propia luz.
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