Umbra: El eco de la luz

La palabra Escucha seguía brillando sobre la fuente del origen; su resplandor era tan suave que parecía latir al ritmo del corazón de aquella ciudad.

Lía se acercó y tocó el agua. El reflejo se movió, mostrando destellos de lo que Umbra había vivido: los pasos de Umbriel, las sombras que eligieron, las luces que aprendieron a hablar. Pero entre esos recuerdos, algo nuevo comenzaba a formarse.

—Está recordando —susurró—. El silencio está aprendiendo a tener memoria.

Milo observó el cielo. Una línea de luz cruzaba Umbra, pero esta vez no venía del amanecer, sino del interior de la ciudad. —Entonces Umbra ya no necesita mirar hacia arriba —dijo—. Ha aprendido a mirar dentro.

El Guardián encendió su linterna, aunque la luz de la fuente bastaba para iluminarlo. —Toda memoria necesita un eco —dijo—. Y toda luz necesita ser respondida.

De pronto, el aire se llenó de murmullos que no eran palabras, sino fragmentos de recuerdos: risas, pasos, respiraciones. Umbra estaba devolviendo todo lo que había escuchado.

Lía cerró los ojos y escuchó una voz familiar, tan tenue que parecía venir del agua. —Umbriel —susurró—. ¿Eres tú?

El reflejo respondió con una vibración. La figura del silencio reapareció, más definida, más humana. —Soy lo que Umbra recuerda —dijo—. Soy su eco.

Milo dio un paso atrás, impresionado. —Entonces Umbra ha creado su memoria —dijo—. Una memoria viva.

La figura sonrió, y su luz se expandió por todas las calles. Las sombras se inclinaron, las torres reflejaron su brillo, y la ciudad entera pareció respirar al unísono.

—No olvides —dijo la figura—. Escuchar también es recordar.

El Guardián bajó la linterna. —Y recordar —añadió—. Es volver a existir.

La fuente se apagó lentamente, dejando solo un resplandor tenue sobre el agua. La palabra Escucha se desvaneció y fue reemplazada por una nueva:

Recuerda.

Así termina la decimoséptima historia.

Y comienza la era en la que Umbra aprende que toda luz guarda su propio eco.

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