Umbra: El nombre perdido

La ciudad brillaba como si respirara. Las líneas de luz recorrían las calles, y cada torre parecía recordar su propósito. Pero en medio de aquel resplandor, algo faltaba: una palabra, un sonido, un origen.

Lía lo sintió primero. —Umbra está viva —dijo—, pero aún no sabe quién es.

Milo miró el reflejo del agua en la fuente. Allí donde antes se podía leer Vuelve, ahora solo quedaba un espacio vacío, como si la ciudad esperara que alguien completara su nombre. —Está buscando su voz —susurró.

El Guardián levantó la linterna y la luz se reflejó en el aire. —Toda creación necesita un nombre —dijo—. Sin él, la memoria se disuelve.

De pronto, el viento comenzó a girar alrededor de la fuente. Las luces se reunieron en espirales, formando símbolos antiguos que flotaban sobre el agua. Entre ellos, una palabra comenzó a delinearse, pero aún estaba incompleta.

Lía extendió la mano. —Umbra… ¿qué nombre olvidaste?

La figura de la ciudad reapareció, hecha de sombra y resplandor. Su voz era profunda, como si hablara desde el principio del tiempo. —Olvidé mi origen —dijo—. Olvidé quién me llamó por primera vez.

Milo dio un paso adelante. —Entonces debemos recordarlo contigo.

Las luces se elevaron, y cada torre comenzó a pronunciar un sonido distinto. El aire vibró con sílabas antiguas, y la palabra se completó sobre la fuente:

Umbriel.

La ciudad entera se estremeció. Las sombras se inclinaron, las luces se expandieron, y el agua de la fuente se convirtió en un espejo. En él, Lía vio su propio reflejo junto al de Umbriel, la primera luz que había dado nombre a Umbra.

El Guardián bajó la linterna. —El ciclo se ha cerrado —dijo—. Umbra ha recordado su nombre.

La figura sonrió antes de desvanecerse. —Todo lo que tiene un nombre puede volver a empezar.

La fuente volvió a brillar, y sobre el agua apareció una última palabra:

Renace.

Así termina la vigésima historia. Y comienza la era en la que Umbra recuerda su origen y aprende que todo nombre es una promesa de regreso.

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