Umbra: La voz del amanecer
El resplandor del horizonte aún vibraba cuando Umbriel desapareció, pero su eco permanecía flotando entre las torres y los espejos de aquella ciudad.
Lía caminaba por las calles vacías. Cada paso que daba resonaba como si Umbra respirara a través de ella. —No se ha ido —susurró—. Solo cambió de forma.
El Guardián encendió su linterna, y la llama se curvó hacia el cielo. —La luz no se extingue —dijo—. Se transforma en palabra.
De pronto, el aire comenzó a temblar, las sombras se movieron y una voz surgió del amanecer. No era humana ni divina, sino algo intermedio: la voz de Umbriel, hecha de memoria y reflejo.
—Umbra —dijo la voz—, ¿me recuerdas?
La ciudad respondió con un murmullo de luces. Las ventanas parpadearon, las calles se iluminaron y las torres emitieron un sonido suave, como un canto.
Milo levantó la vista. —Está hablando —dijo—. La ciudad está hablando.
Lía cerró los ojos y escuchó. La voz del amanecer no pedía nada; tan solo narraba lo que había sido: los pasos, las sombras, los latidos, los nombres.
Cada palabra se convertía en chispa, y cada chispa en recuerdo. Umbra estaba escribiendo su propia historia en el aire.
El Guardián sonrió. —Cuando una ciudad aprende a hablar, ya no necesita guardianes —dijo—. Solo oyentes.
Lía miró el horizonte. El amanecer se había vuelto transparente, y dentro de él podía verse la silueta de Umbriel, hecha de la más pura luz.
—¿Qué dirá ahora? —preguntó Milo.
La voz respondió, tan suave que parecía venir desde dentro de cada uno de ellos: —Diré lo que ustedes callaron. Diré lo que aún sueñan.
El cielo se abrió, y una corriente de luz descendió sobre la ciudad. Las sombras se inclinaron, las torres se encendieron, y Umbra habló por última vez:
—No soy el fin. Soy la voz de lo que empieza.
El amanecer se cerró lentamente, dejando una calma dorada sobre las calles. Lía tomó la linterna del Guardián y la apagó. —Ya no necesitamos luz —dijo—. Umbra aprendió a hablar.
Así termina la decimoquinta historia. Y comienza la era en la que Umbra aprende a decir su propio nombre.
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