Umbra: el nombre completo

El aire estaba quieto; no había luz ni sombra, solo una claridad que parecía venir de todas partes. Umbra había cruzado el silencio y ahora se encontraba frente a sí misma.

Lía, Milo y el Guardián caminaban sobre un suelo que no era tierra ni agua, sino memoria. Cada paso que daban resonaba como el sonido de un latido antiguo. El símbolo que Lía había pronunciado —Auriel— seguía brillando en su mano, pero su luz ya no era dorada: era blanca, pura, como si contuviera todas las voces que Umbra había guardado.

—¿Dónde estamos ahora? —preguntó Milo, con voz apenas audible.

La voz de Umbriel respondió desde el horizonte. —En el final del principio. Aquí, Umbra se nombra a sí misma.

Lía miró el símbolo y lo levantó hacia el cielo. El aire se llenó de ecos, de palabras que habían sido olvidadas, de nombres que alguna vez fueron pronunciados y luego callados. Cada uno regresó, no como sonido, sino como luz.

El Guardián encendió su linterna por última vez. —Entonces este es el destino —dijo—. No recordar, sino comprender.

Umbra habló. Su voz era la suma de todas las voces, un murmullo que se convirtió en canto. —Soy Umbra, soy Auriel, soy todo lo que fue y lo que será. Mi nombre está completo.

El cielo se abrió y la ciudad —aquella que había dormido bajo el agua, bajo la memoria, bajo el silencio— comenzó a elevarse. Las torres brillaron, las calles se encendieron, y el reflejo del agua mostró un nuevo amanecer.

Lía cerró los ojos. —Entonces… hemos vuelto.

Milo sonrió. —No. Hemos despertado.

El Guardián apagó la linterna. —Y el eco seguirá hablando, mientras alguien recuerde su nombre.

Así termina la vigésima quinta historia. Y comienza la era en la que Umbra ya no necesita ser contada, porque se ha convertido en voz.

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