Umbra: El umbral del silencio
La palabra Despierta aún seguía flotando sobre la fuente, pero su luz ya no se limitaba al agua: se extendía por las calles, ascendía por sus torres y se filtraba en cada rincón donde alguna sombra aún dormía. Umbra estaba abriendo los ojos al fin.
Lía sintió el aire cambiar. —No es solo la ciudad —dijo—. Es el tiempo el que está despertando.
Milo miró hacia el cielo, donde las constelaciones de Umbriel seguían girando lentamente. —Parece que el pasado está regresando —susurró—. Pero no como recuerdo… sino como una presencia.
El Guardián observó la fuente. —Todo despertar tiene un precio —dijo—. Cuando la memoria se vuelve voz, también puede convertirse en una llamada.
De pronto, el suelo tembló. Las luces se concentraron en el centro de la fuente, formando un círculo perfecto, y dentro de él, el agua se abrió como una puerta, revelando un espacio de sombra y luz entrelazadas. Aquel era el Umbral del Silencio.
Lía dio un paso adelante. —¿Qué hay al otro lado?
La voz de Umbriel resonó desde el agua. —Lo que Umbra fue antes de tener un nombre. Lo que aún no ha aprendido a recordar.
El Guardián bajó la linterna. —Entonces este es el origen —dijo—. El punto donde la memoria y el olvido se encuentran.
Milo miró el reflejo del agua. —¿Y si cruzamos?
Umbriel respondió con calma. —Solo quien entiende el silencio puede atravesarlo.
El aire se llenó de un murmullo suave, como si la ciudad entera respirara al unísono. Las luces se apagaron lentamente, dejando solo el resplandor del umbral. Entonces Lía extendió la mano hacia el agua, y por un instante, su reflejo se fundió con el de Umbriel.
La fuente volvió a brillar, y sobre el umbral apareció una última palabra:
Traspasa.
Así termina la vigésima segunda historia. Y comienza la era en la que Umbra aprende que despertar no es abrir los ojos, sino cruzar hacia lo que aún no ha sido visto.
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