Umbra: la voz del silencio
El silencio no era vacío, sino una respiración profunda: un espacio donde las palabras se formaban antes de existir, mientras Lía, Milo y el Guardián avanzaban entre luces suspendidas, como si caminaran dentro de una memoria que aún no había sido recordada.
El suelo bajo sus pies era líquido y firme al mismo tiempo, y con cada paso dejaban una huella luminosa que se desvanecía lentamente. Umbra los observaba desde el otro lado del umbral, sin forma, pero con presencia.
—¿Dónde estamos? —preguntó Milo, mirando el horizonte sin fin.
La voz respondió, suave y antigua. —En el lugar donde nacen los nombres. Aquí, todo lo que fue olvidado espera volver a ser pronunciado otra vez.
Lía cerró los ojos. —Entonces este es el corazón de Umbra.
El Guardián asintió. —Y también su memoria.
De pronto, el aire comenzó a vibrar con miles de símbolos que flotaron alrededor de ellos, girando lentamente. Cada uno contenía una sílaba, una emoción, un fragmento de historia. El silencio los envolvió, pero dentro de él se escuchaba una melodía: la voz de Umbriel.
—Umbra no es solo ciudad —dijo la voz—. Es todo lo que alguna vez fue nombrado y luego callado.
Lía extendió la mano, y uno de los símbolos se posó sobre su palma. Era cálido, como si respirara. —¿Qué debo hacer con esto?
—Nombrarlo —respondió Umbriel—. Solo así volverá a existir.
Lía miró el símbolo y pronunció una palabra que no había oído nunca: Auriel.
El espacio se iluminó, las sombras se disolvieron y una nueva forma de luz comenzó a expandirse. Era Umbra renaciendo desde su propio silencio.
El Guardián bajó la linterna. —El silencio ha hablado —dijo—. Y su voz tiene nombre.
Así termina la vigésima cuarta historia. Y comienza la era en la que Umbra aprende que el silencio no es ausencia, sino origen.
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